¿Cuál es esa ley que toda acción humana debe respetar para ser considerada moralmente buena?

Para responder esta pregunta, Kant plantea la diferencia entre máximas y leyes prácticas. Las primeras son todas aquellas reglas que rigen la conducta de un indi­viduo, pero que son válidas sólo para él mismo. Las máximas son principios subje­tivos de la acción. Las leyes prácticas, en cambio, son principios objetivos de la ac­ción, o imperativos, es decir, "un deber ser que expresa la obligación objetiva de la acción".

Los imperativos mandan a obrar porque indican lo que toda persona debe ha­cer. Porque si bien el hombre es un ser racional, no es la razón el único motivo que determina a la voluntad. Ésta también puede dejarse determinar por las inclinacio­nes, los deseos, las necesidades. Dicho de otra manera, como el hombre no quiere siempre lo que debe, es necesario que se rija por imperativos que le dicta la razón.

Ahora bien, éstos pueden ser imperativos hipotéticos o categóricos. Los prime­ros determinan la voluntad en función de cierto fin deseado, son más bien precep­tos de habilidad. Decir, por ejemplo, que "se debe trabajar y ahorrar en la juventud para no morir de hambre en la vejez". Este precepto práctico de la voluntad surge de la razón pero no se puede exigir por igual a todos los hombres. De lo cual se desprende que este imperativo está condicionado a la capacidad y a las condicio­nes de cada sujeto.

En cambio, un imperativo es categórico cuando manda a obrar de un modo ne­cesario a todos los hombres por igual, independientemente de sus condiciones subjetivas, y siempre de esa manera, independientemente de cualquier circunstan­cia. Por eso, sólo estos últimos son leyes prácticas. Dice Kant que la ley moral es "un imperativo que ordena categóricamente porque la ley es absoluta; la relación de la voluntad con esta ley es de dependencia, con el nombre de obligatoriedad, que significa una imposición [...] para una acción que se llama deber".

Esa ley no indica que debe hacerse esto o lo otro, sino que conserva sólo la for­ma pura de la legalidad. Esa ley dice así:

"Obra de tal manera que quieras que la máxima de tu voluntad se convierta en ley universal".

Dicho de manera muy sencilla, lo que vale para una persona debe valer para to­dos en esa misma situación. Éste es el imperativo categórico, única ley moral, prin­cipio absoluto y fundamento de la moralidad, porque es principio objetivo univer­sal. La acción realizada por respeto a la ley es el deber, y cumplir con éste es la condición de una voluntad buena en sí misma.

Esto quiere decir que, ante la pregunta de qué debo hacer, la respuesta es: de­bo hacer que mi máxima, el principio subjetivo que orienta mi acción, pueda valer como ley universal para todo ser racional.

Atendamos al siguiente ejemplo: Si voy por la calle y veo que a alguien se le cae su billetera y sigue su camino sin darse cuenta, y en ese momento nadie está mi­rando lo que sucede, ¿qué debo hacer? Puedo quedármela porque total nadie me está viendo y la persona interesada no se percató de lo sucedido, o bien puedo de­volvérsela. ¿Quién determina en este caso lo que está bien y lo que está mal? Kant contestaría: la ley moral. ¿Cómo debo proceder? Debo confrontar el principio sub­jetivo de mi acción con la ley moral: si cumple con lo que esta ley indica, la acción es buena y debe ser realizada, si no, es mala, por lo cual debe evitarse.

Apliquemos esta indicación al ejemplo: supongamos que elijo la primera op­ción, entonces actúo movido por mis impulsos. La máxima que me construyo en este caso diría: cada vez que alguien ve un objeto que no le pertenece, y si nadie lo está viendo, puede apropiárselo. Vemos aquí que, al confrontarlo con la ley mo­ral, esta máxima no se puede sostener porque estaríamos admitiendo como válido para todos el apropiarse de lo que es ajeno. En cambio, si elijo la segunda opción y la confronto con la ley moral, la máxima que me formo sería la siguiente: cada vez que alguien ve un objeto que no le pertenece, y aunque nadie lo esté mi­rando, debe devolverlo. Si esto es admisible como ley válida para todo hombre, luego es lo que debe ser hecho.
Esto nos conduce a la segunda característica de una buena voluntad. Es autó­noma porque se da a sí misma sus leyes. La opuesta sería una voluntad heteróno-ma, es decir, aquella que no depende de la razón, sino de los impulsos o del pro­pio interés. La autonomía es el fundamento de la dignidad de la naturaleza racio­nal del hombre. Por eso afirmar que la voluntad es libre significa afirmar que es principio de su acción, no depende de otro para actuar, es causa de sus propios actos, porque tiene en sí misma el principio de determinación, el cual, como vi­mos, es el imperativo categórico