2° Parte La esencia del conocimiento
a) El conocimiento es como una "apropiación" del ob­jeto por parte del sujeto. En efecto, al conocer algo, nos ha­cemos "dueños", en cierto sentido, de lo conocido: por eso decimos que hemos adquirido nuevos conocimientos. Tal apropiación intelectual de las cosas tiene cierta analogía con el fenómeno biológico de la asimilación de los alimentos; ya que lo asimilado pasa a formar parte del animal; pero es­ta "asimilación" del objeto por parte del sujeto no destruye la integridad del objeto (como el viviente destruye las ma­terias que asimila) ni les disminuye su existencia real objetiva (no porque algo sea conocido, dejará de existir). Por lo tanto el objeto conocido tiene una doble existencia: en mí y fuera de mí.

b) El conocimiento es como una "fecundación" del su­jeto por parte del objeto. Tal cosa ya la habían advertido los filósofos de la Edad Media, pues denominaron "concepto" al producto mental de la actividad cognoscitiva (Concepto significa, en latín, "lo concebido", "lo engendrado”. ¿Por qué el conocer es una "concepción"? Lo es "en cierta forma, porque de aquella relación entre sujeto y objeto resulta un ser nuevo, ideal, denominado "imagen" (si es expresión de lo concreto) o "idea" (si es expresión de lo abstracto).

c) Todo conocer es como un acto de "creación". Dentro de la infinidad de seres que pueden ser objeto de nuestro conocimiento, y dentro de la pluralidad de aspectos que po­demos advertir en cada ser, en cada instante sólo advertimos "esto" (esta cosa, este detalle). De modo que todo conocer constituye siempre un proceso de "selección". Tal selección no depende sólo de las características de lo conocido; depende fundamentalmente de nuestras propias características parti­culares. De modo que es una selección "personal" de lo que conocemos. Aún más, lo conocido, por el hecho de ser co­nocido, adquiere características que antes no tenía (adquie­re, por lo menos, nueva forma de existencia). De modo que el conocer es también una actividad humana "creadora".

Lo que hemos dicho hasta este momento acerca de la esen­cia del conocimiento parecería contradecirse con lo que afir­mamos en la Psicología (cf. sensación, mundo circundante, imágenes, etc.) respecto al conocimiento sensitivo. Pero no hay contradicción. Entonces, afirmábamos que la sensación no constituye un contacto "directo" con las cosas; que per­cibimos el mundo físico "en las imágenes" que los estímu­los producen en nosotros; que cada ser consciente tiene su propio "mundo circundante"; etc. Todo esto es muy cierto: pero sólo constituye un análisis psicológico del proceso del conocimiento; ahora estamos haciendo un análisis metafísica del mismo proceso, en que prescindimos de los detalles acci­dentales, del mecanismo a través del cual llegamos al cono­cimiento de las cosas (Lo descrito en la psicología es, efectivamente, el "mecanismo" del conocimiento). De modo que, aunque no nos sea posible un contacto directo con la rea­lidad, lo realmente conocido es la realidad (Si no ocurre, así, a veces es sólo por defectos de procedimiento). Mediante las imágenes (o los conceptos) conocemos la realidad, tal como vemos las cosas a través de los lentes (no vemos los anteojos mismos, salvo que los convirtamos en "objeto" de nuestro mirar).

Otro aspecto de nuestros conocimientos, que conviene des­tacar aquí, es que —normalmente— conocemos primero la existencia de algo y, a continuación, vamos conociendo, gra­dualmente, su esencia. En efecto, al "tropezar" en nuestra vida con las cosas, al tomar contacto con ellas, advertimos que "existen", y luego, al comparar el modo cómo ellas se conducen con nosotros (o con las demás cosas) con el modo de conducirse de otros seres, empezamos a diferenciarlas; es decir, vamos formándonos el concepto de su "esencia". De modo que el conocimiento de la existencia es, por lo general, instantáneo; mientras que el conocimiento de la esencia es gradual y perfectible. Luego, todo conocimiento de la esen­cia de algo, no sólo nos da un conocimiento de aquello, sino que perfecciona conjuntamente el resto de nuestros conoci­mientos (que se tornan más claros y precisos). Por consi­guiente, todo conocimiento es sólo un eslabón de esa larga cadena del conocer total; proceso que ocupa nuestra vida entera.